Invierno en la Hueta.

En mi paraíso interior, oculto en los pliegues de la ultima glaciacion, el invierno nos da un latigazo helado.

Las noches son limpias, las estrellas refulgen cristalinas. Por bucentaina a la hora de visperas monacal, se levanta parsimoniosa y metálica una luna grande como una hogaza.

Canta a la luna el silencio, canta a la luna la noche gelida, el carabo en su observatorio del alto roble centenario. Huele a leña crepitando en la chimenea y la olla borbollonea al calor de las ascuas. Dentro de mi casa, calor y lectura, fuera frio invernal, noche estrellada y luna grande de ribetes ocres como la tierra.

La noche canta a la luna un silbo de silencio helado. El agua de las cascadas de la Hueta, muy cerca del nacimiento y recién surgidas de las entrañas del calar, se detiene mansa a mirar las estrellas,a mirar la luna, a hacer un espejo de hielo para que esa luna triste se vea reflejada en las laderas despeñadas de la cerrada de la Hueta.

En una noche helada, cada instante que pasa va congelando el agua que forma una cola graciosa de espuma ruidosa entre las calizas de este parque natural.

Cuando la noche llega a maitines, el silencio sorprende, el ruido cesa, la noche es espesa, la luna mengua y cientos de espadas heladas desafían la gravedad en la gélida madrugada.

A la hora prima, el termómetro esta muy frío, la mañana corta la cara con su brisa penetrante y subo silencioso a buscar el rumor del agua secuestrado.

Nadie turba el silencio,la paz fría, los latidos en la sien y el vaho en volutas de vapor nos hacen sentirnos vivos, aunque rodeados de quietud.

Mis pasos hacia el cortado tajo de las cascadas son prudentes y precavidos para no resbalar en el hielo de los ribazos.

Nunca podía imaginar tanta quietud, tanta soledad serena, ni tanta belleza al contemplar la primera catarata helada.

Y mas arriba, la segunda y la tercera. El tejo nacido el año que vino al mundo Jorge Manrique en segura de la sierra tiene sus aciculas heladas como agujas de costurero.

La cuarta catarata es un manto verde con flecos de hielo. Musgo esmeralda desafiando el entramado de toba sobre el que se forma una capa elegante asomada al precipicio por donde el agua,ahora mansa y helada forma efímeros tocados de escarcha.

La noche fría ha hecho una capa a la diosa Rusalka. Las ondinas de la Hueta duermen en la hora prima.

Cantan la udes con un susurro que se eleva por las copas de los pinos con barba canosa de frío y tiempo eterno.

Cantan a la luna grande, con cerco terroso y buscan tambien su amado entre los visitantes de estos valles encantados, solitarios, mágicos, eternos.

Me embarga una callada emoción, un síndrome de Stendhal ante tanta magnifica belleza.

no puedo sino evocar el canto a la luna. Song to the moon. Rusalka, de Dvorak. Kristine Opolais canta como una Rusalka eslava.

Todos buscamos un amor que nos toca día a día en los hombros y nos roza con su humedo beso en los labios, sin poder ver a la Rusalka amada que quiere dejar de ser duende de rios y lagos para convertirse en mortal y humana y bellísima dama de la noche.

Dejo constancia en esta pagina de la belleza helada de las cascadas de la Hueta, que me sobrecogen y empequeñecen.

Dejo constancia del canto a la luna de Dvorak, en su bellísima opera Rusalka.

Vente a la Hueta, caminante, deja tus problemas,tus miedos y nada entre ondinas de montaña, al abrigo de los colosos calizos de sicura. Ven donde nace el agua limpia,donde nacen los mitos, donde nacen los sueños, donde nace la paz y donde anida y el amor que cura el mal de la soledad.

 

 

 

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